Por Beatriz de Andrés, Directora General de Art Marketing

Estamos en un negocio de servicios en el que nunca ha estado claro hasta donde llega la elaboración del presupuesto y la planificación de acciones, con el propio trabajo… Más o menos hemos ido improvisando y aunque entre nosotros tenemos poca (o nula) comunicación, las agencias hemos puesto límites al tiempo que nos llevaba hacer presupuestos y planificaciones.

Por supuesto, sigue existiendo el listillo que te pide ideas para un concurso y que luego las presenta a dirección general como suyas y que nunca te contrata nada aunque te llama todos los años para pedirte “de todo”… pero bueno, malos profesionales o gente caradura hay en todos los sectores.

El motivo de mi argumento de hoy es para cuando ya te han aceptado el presupuesto, empiezas a trabajar, consigues que las cosas salgan y luego el “90 días” se convierte en 180, en 360, en 4 años… gracias a Dios son los menos, pero los hay.

En mi caso, y en 20 años de ejercicio profesional, sólo me he encontrado con 4 empresas de ese tipo (curiosamente las 4 en el año 2008). Estamos en el 2011 y ya se puede hablar con todas las palabras de morosos y caraduras.

¿Qué pasa cuando uno hace el trabajo, redactas los textos, hablas con los periodistas, convocas a los medios a tal o cual evento, haces y pagas el clipping, proveedores varios, las nóminas de tu gente… y luego si te vi no me acuerdo?

¿Quien no se ha topado con alguna de esas empresas que te ponen a prueba 6 meses, pero que te pagan a 90 días y que van cambiando cada 6 meses de agencia dejando siempre sin pagar unos cuantos meses?

¿Y qué decir de aquellos otros buenos clientes que te piden en un momento dado y por una coyuntura económica (como esta crisis) que les reduzcas el fee unos meses y eso se convierte en años… y que simplemente por intentar subirles el IPC  te “montan el lío”?

Y mi pregunta imposible: ¿cómo podemos romper las barreras de la desconfianza entre competidores para hacer transparentes los casos y los nombres y apellidos de los morosos y malos clientes para evitar que otros caigan en lo mismo?

En otros sectores hay corporativismo y se defienden unos con otros, en el nuestro vamos cada uno por libre y todos tenemos casos de estos, pero no somos capaces de compartirlo.

Otra discusión moral que podemos tener es: ¿qué derecho tenemos las agencias a difundir noticias negativas de algún cliente con el que hemos terminado mal o de la competencia de nuestros clientes?

Hace unos días se difundió una noticia sobre la batalla en los medios que tenía Facebook con Google y se menciona a la agencia internacional (y conocida por todos) que se bajó al barro de las descalificaciones y promocionó la rumorología. Ya me parece inmoral que un profesional del marketing y la comunicación no sea ético y en lugar de promocionar sus cualidades emponzoñe a la competencia. Pero aún peor es que entre en el juego una agencia de comunicación y que utilice sus influencias para hablar mal de otros (por mucho que le paguen). Pero como el mundo es justo y todo lo que hacemos nos retorna de una manera u otra, que los hayan pillado por una falta de discreción y que se hayan publicado sus mails es como la justicia invisible.

Seguro que sigue habiendo malnacidos que les parece la idea de lo más atractiva y no habrá ejecutivo que no haya pensado que su cotización pueda subir con clientes de este tipo… pero yo, que quieren que les diga, prefiero dormir tranquila cada noche sabiendo que mi trabajo se basa en alabar las cualidades y las cosas buenas de las personas y organizaciones para las que trabajo, no de criticar, menoscabar o arruinar la reputación de otros.

Y que por qué hago toda esta reflexión, porque esta creencia de hablar siempre bien me chirría con el hecho de que no siempre todo el mundo es bueno, y que en algún momento, si en el ejercicio de nuestra profesión vemos actividades, productos o empresas “tóxicas” deberíamos denunciarlo.

Y si esa “toxicidad” es ser moroso, con más ahínco aún deberíamos compartirlo, no ya para no trabajar para esas empresas, sino para que nos blindemos y no comentamos ninguna negligencia administrativa, que muchas veces por prisa, o por inocencia, cometemos. Por mi parte, tengo ya un par de ejemplos que, siempre en lo privado, puedo compartir con vosotros.